El camino no escogido
El Sueño de María

Que le den al trabajo

Los economistas creen en el pleno empleo. Los americanos piensan que el trabajo forja el carácter. Pero ¿y si el trabajo ya no funciona?

James Livingston es profesor de Historia en la Universidad de Rutgers, en New Jersey. Vive en New York. Es autor de varios libros; el último No más trabajo: Por qué el pleno empleo es una mala idea (2016) [No More Work: Why Full Employment is a Bad Idea]. Ver también The World Turned Inside Out / Against Thrift
Texto original del artículo, Fuck Work; what if jobs are not the solution but the problem, en aeon.
Traducción original al castellano de Chema Nieto.

R boy

El trabajo lo significa todo para nosotros, los americanos. Durante siglos, digamos desde 1650, hemos creído que el trabajo forja el carácter (puntualidad, iniciativa, honestidad, autodisciplina y todo eso). También hemos creído que el mercado laboral, al que acudimos para encontrar empleo, es relativamente eficiente en el reparto de oportunidades e ingresos. Y hemos creído, aunque resulte muy cuestionable, que el trabajo da significado, propósito y estructura a nuestras vidas. Aunque en realidad, lo que sabemos seguro es que el trabajo nos saca de la cama, paga las facturas, nos hace sentir responsables y nos mantiene alejados de la televisión durante el día.

En todo caso, aquellas creencias ya no resultan convincentes. De hecho, se han convertido en creencias ridículas, ya que no hay trabajo suficiente para todos, y los trabajos que hay son tan precarios que no podrían pagar las facturas (a menos, claro, que consigas un trabajo como narcotraficante, o como banquero en Wall Street, convirtiéndote en un gánster en ambos casos).

Hoy en día, todo el mundo, de izquierdas o de derechas –desde el economista Dean Baker al sociólogo Arthur C. Brooks; desde Bernie Sanders a Donald Trump- aborda el fracaso del mercado laboral reivindicando el “pleno empleo” (como si tener un trabajo fuese evidentemente bueno, con independencia de lo peligroso, exigente o denigrante que sea). Pero el “pleno empleo” no es el camino que nos devolverá la fe en el esfuerzo, en acatar las reglas de juego o en lo que sea que suene bien. La tasa oficial de desempleo en los Estados Unidos ya está por debajo del seis por ciento (muy cerca de lo que los economistas solían llamar “pleno empleo”), pero la desigualdad de las rentas no se ha modificado en absoluto. El trabajo precario para todos no resolverá ninguno de los problemas sociales a los que nos enfrentamos hoy en día.

Pero no me creas sin más; fíjate en los datos. Actualmente, uno de cada cuatro trabajadores activos en los Estados Unidos tiene un sueldo que lo sitúa por debajo del umbral oficial de pobreza, y así una quinta parte de los niños estadounidenses vive en la pobreza. Casi la mitad de los trabajadores activos de este país tendría derecho a cupones para alimentos, aun cuando la mayoría de los que podrían acceder a ellos no los soliciten. El mercado laboral ha colapsado, como la mayoría de los mercados.

Aquellos trabajos que desaparecieron con la Gran Recesión simplemente no volverán a aparecer, con independencia de lo que diga la tasa de desempleo (desde el 2000, la ganancia neta de empleo se mantiene a cero). Y si volvieran a surgir de entre los muertos, serían trabajos zombis; inseguros, a tiempo parcial, de salario mínimo, con horarios y turnos generados semana a semana. Bienvenidos a Wal-Mart, donde los cupones de alimentos se consideran un plus.

Y no me digas que elevar el salario mínimo a 15 dólares la hora resolverá el problema. Nadie duda de la relevancia ética de esta iniciativa. Pero con esta tasa salarial sólo se superará el umbral de pobreza trabajando 29 horas a la semana. El salario mínimo federal es, actualmente, de 7.25 dólares la hora. Trabajando 40 horas semanales habría que recibir 10 dólares la hora para situarse sobre el umbral de pobreza. ¿Cuál es el propósito, entonces, de recibir un salario indigno, salvo para demostrar que uno tiene ética laboral?

Pero espera, ¿acaso nuestro dilema actual no es solo una fase pasajera del ciclo económico? ¿Cómo será el mercado laboral del futuro? ¿Acaso no se ha demostrado que los agoreros, esos malditos Maltusianos, se equivocan siempre, al aumentar tanto la productividad como las oportunidades empresariales y económicas? Bueno, sí. Hasta ahora. Las tendencias de la última mitad de siglo y las proyecciones para la próxima mitad están demasiado bien fundamentadas como para ser ignoradas o tildadas de ciencia funesta o simple melodrama ideológico. Estos datos se parecen a los datos que sugieren un cambio climático; puedes negarlos si quieres, pero quedarás como un idiota si lo haces.

Por ejemplo, los economistas de Oxford que estudian las tendencias de empleo nos dicen que casi la mitad de los trabajos existentes, incluidos aquellos que implican “tareas cognitivas no rutinarias” (ya sabes, como pensar), corren el riesgo de desaparecer en los próximos veinte años por el desarrollo de la informatización. En el libro La Carrera contra la Máquina (2011) [Race Against the Machine], desarrollan las conclusiones de dos economistas del MIT. Mientras tanto, la gente de Silicon Valley que se dedica a dar charlas en TED comienza a hablar de “excedente humano” como resultado del mismo proceso de producción cibernética. El Nacimiento de los Robots [Rise of the Robots], un libro que cita estas mismas fuentes, es ciencia social, no ciencia ficción.

Así, esta Gran Recesión nuestra (no te equivoques, no ha terminado) es una crisis moral además de una catástrofe económica. Podríamos incluso afirmar que se trata de una encrucijada espiritual, ya que nos obliga a preguntarnos qué clase de andamiaje social, más allá del trabajo, permitiría forjar el carácter –o si el carácter mismo es algo que merezca la pena forjar. Pero precisamente por ello, esta Gran Recesión es también una oportunidad intelectual: nos obliga a imaginar un mundo en el que el trabajo ya no fundamenta nuestro carácter, no determina nuestros ingresos ni domina nuestra vida diaria.

¿Qué harías si no tuvieras que trabajar para conseguir un salario?

Resumiendo, nos permite decir “Ya basta. Que le den al trabajo”.

Ciertamente, esta crisis nos obliga a preguntarnos qué hay más allá del trabajo. ¿Qué harías sin un trabajo que sirviera de disciplina externa con la que organizar tu vida? ¿Sin un trabajo que conformase el imperativo social que te levanta cada día y que te hace volver a la fábrica, a la oficina, a la tienda, al almacén, al restaurante, al lugar, sea cual sea, donde trabajas? ¿Qué harías si no tuvieras que trabajar para percibir un salario?

¿Y cómo sería nuestra sociedad, nuestra civilización, si no tuviéramos que ganarnos la vida, si el ocio no fuera una elección sino la norma? ¿Acabaríamos todos en el Starbucks, con nuestros portátiles abiertos? ¿O nos presentaríamos voluntarios para ayudar a los niños que viven en zonas subdesarrolladas, como Mississippi? ¿O fumaríamos hierba y veríamos la televisión sin parar?

No estoy proponiendo un curioso experimento mental. En este momento se trata de preguntas de carácter práctico, ya que no hay empleos suficientes. Es hora de que nos hagamos preguntas incluso más acuciantes. ¿Cómo nos ganaremos la vida sin un trabajo? ¿Se puede recibir un sueldo sin trabajar a cambio? Para empezar, ¿sería posible? Y lo más difícil, ¿sería ético? Si has sido criado, como casi todos nosotros, en la creencia de que el trabajo define cuánto vales para la sociedad, ¿nos sentiríamos como estafadores si recibiéramos algo por nada?

Ya tenemos algunas respuestas provisionales, pues estamos todos en paro, más o menos. Desde 1959, los subsidios gubernamentales son la parte de los ingresos familiares que más rápidamente ha crecido. Al comienzo del siglo XXI, el veinte por ciento del total de ingresos familiares proviene de subsidios (lo que se conoce como beneficencia o ayuda social). Sin este suplemento de ingresos, la mitad de los adultos con trabajos a tiempo completo vivirían bajo el umbral de pobreza y la mayoría de los trabajadores americanos serían candidatos para recibir cupones de comida.

¿Pero es asumible pagar estos subsidios y ayudas sociales, tanto en términos económicos como éticos? Si los mantenemos y aumentamos, ¿estaríamos subvencionando la pereza? ¿O enriqueceríamos un debate sobre los fundamentos de una vida plena?

Los subsidios y las ayudas sociales, por no mencionar las primas de Wall Street (hablando de conseguir algo por nada), nos han enseñado a desligar la recepción de ingresos de la producción de bienes. Pero ahora, en vista del fin del trabajo, esta lección necesita ser repensada. Con independencia de cómo se calcule el presupuesto federal, podemos permitirnos ser solidarios. La cuestión real no es si, sino cómo decidimos serlo. 

Ya sé lo que estarás pensando; ¡no, no podemos permitirnos esto! Pero sí, sí que podemos. Fácilmente. Incrementando el techo arbitrario de contribución a la Seguridad Social, que ahora se sitúa en 127.200 dólares, y aumentando los impuestos de sociedades, revirtiendo así la Revolución Reagan. Estas dos acciones resuelven un problema fiscal irreal y crean un superávit económico con el que medir un déficit moral.

Por supuesto, dirás –junto con todos los economistas, desde Dean Baker a Grez Mankiw; de izquierdas o de derechas-, dirás que aumentar los impuestos de sociedades es un desincentivo para la inversión y, con ello, para la creación de empleo. O que esto hará que las grandes empresas se marchen al extranjero, donde encontrarán impuestos más bajos.

Pero el hecho es que aumentar los impuestos a las grandes empresas no puede tener estos efectos.

Veámoslo a la inversa. Las grandes empresas se convirtieron en “multinacionales” hace ya bastante tiempo. En los años 70 y 80, antes de que entraran en efecto los recortes impositivos de Ronald Reagan, aproximadamente el sesenta por ciento de los productos manufacturados importados en los Estados Unidos eran producidos en el extranjero por compañías de los propios Estados Unidos. Este porcentaje ha crecido desde entonces, aunque no demasiado.

Los trabajadores chinos no son el problema; la estupidez de la contabilidad empresarial sí lo es. Por eso la decisión de 2010 del Citizens United de aplicar la legislación de la libertad de expresión a los gastos de campaña es hilarante. El dinero no es lenguaje ni "expresión", o lo es tanto como pueda serlo el ruido. La Corte Suprema ha conjurado un ser vivo, ha creado una nueva persona a partir de los restos de la ley común, convirtiendo el mundo real en algo más temible que su equivalente cinematográfico, por ejemplo en Frankestein, en Blade Runner, o en el más reciente Transformers.

Pero la conclusión es ésta; la mayoría de los trabajos no se crean por la inversión privada o corporativa, de forma que aumentar los impuestos a las empresas no afectará al empleo. Me has oído bien. Desde 1920, el crecimiento económico ha tenido lugar incluso a pesar de que la inversión neta privada se ha atrofiado. ¿Qué significa esto? Significa que los beneficios son inútiles, salvo como una forma de anunciar a los accionistas (y a los especialistas en absorciones empresariales) que esa compañía es un negocio establecido y próspero. No se necesitan beneficios para “reinvertir” o para financiar la expansión de una empresa, en mano de obra o en producción, tal y como la reciente historia de Apple y la de la mayoría de grandes empresas ha demostrado ampliamente.

Ya sé que pretender construir mi carácter mediante el esfuerzo es una estupidez, porque el crimen compensa. Tal vez me convierta en un gánster como tú.

Así pues, las decisiones de inversión de un directivo tienen solo un efecto marginal sobre el empleo. Aplicar impuestos a los beneficios de las empresas para financiar un estado de subsidios que nos permita amar a nuestros vecinos y ser solidarios, no es un problema económico. Es otra cosa; es una cuestión intelectual y un rompecabezas moral.

Cuando expresamos nuestra fe en el esfuerzo, estamos declarando nuestro deseo de forjar nuestro propio carácter. Pero también deseamos, o esperamos, que el mercado laboral reparta los ingresos de forma equitativa y racional. Y ahí está el truco; ambas esperanzas están ligadas. El carácter solo puede forjarse a través del esfuerzo cuando comprobamos que existe una relación justificable, inteligible, entre los sacrificios pasados, las habiliades aprendidas y las recompensas presentes. Cuando compruebo que mis ingresos no están en absoluto en proporción a mi producción de valor real, a mi producción de bienes tangibles, que el resto de la gente puede usar y apreciar (y por “tangible” no me refiero únicamente a cosas materiales), cuando compruebo esta desproporción, empiezo a dudar que el carácter sea consecuencia del esfuerzo.

Cuando veo, por ejemplo, que hay quien hace millones blanqueando dinero del narcotráfico (HSBC), o impulsando activos tóxicos sobre gestoras de fondos de inversión (AIG, Bear Stearns, Morgan Stanley, Citibank), o haciendo presa fácil de prestatarios con pocos ingresos (Bank of America), o comprando votos en el Congreso (todos los mencionados) –solo negocios, lo normal en Wall Street-, cuando veo esto mientras yo apenas consigo llegar a fin de mes con lo que gano en mi trabajo a tiempo completo, me doy cuenta de que mi participación en el mercado laboral es irracional. Entiendo que forjar mi carácter a través del trabajo es estúpido, porque resulta que el crimen compensa. Tal vez deba convertirme en un gánster como tú.

Esta es la razón por la que una crisis económica como la Gran Recesión es tanto un problema moral como una encrucijada espiritual. Y también una oportunidad intelectual. Hemos confiado tanto en la relevancia social, cultural y ética del trabajo que cuando el mercado laboral fracasa, como ha ocurrido de forma estrepitosa, ya no sabemos cómo explicar lo que ha pasado, o cómo reorientarnos en nuevos marcos de referencia en relación al trabajo y a los mercados.

Y estoy hablando de todos nosotros, de izquierdas y derechas, porque todo el mundo quiere poner a los americanos de nuevo a trabajar, de una forma u otra. El “pleno empleo” es el objetivo de políticos de derechas no menos que de economistas de izquierdas. Las diferencias entre ellos tienen que ver con los medios, pero no con los objetivos, y esos objetivos incluyen elementos intangibles como forjar el carácter.

En fin, todo el mundo parece haber doblado sus apuestas a favor de los beneficios del trabajo justo cuando éste comienza a desaparecer. Garantizar el “pleno empleo” se ha convertido en un objetivo de ambos, la izquierda y la derecha política, en el mismo momento en que dicho “pleno empleo” se demuestra como algo tan imposible como innecesario. Es casi como pretender garantizar la esclavitud en 1850, o la segregación en 1950.

¿Por qué?

Porque para nosotros, ciudadanos de las modernas sociedades de mercado, el trabajo lo significa todo; independientemente de si todavía consigue forjar nuestro carácter o de si reparte los salarios de forma racional, y sin nada que ver con la necesidad de ganarse la vida. El trabajo ha sido central en nuestra forma de interpretar una vida plena desde que Platón relacionase el trabajo manual y el mundo de las ideas. Ha sido nuestro modo de desafiar a la muerte, creando y reparando objetos tangibles, esos objetos relevantes que sabemos durarán más que nosotros mismos, porque nos enseñan, cuando los creamos o reparamos, que el mundo más allá de nosotros –el mundo antes y después de nosotros- tiene sus propias normas.

Piensa en el alcance de esta idea. El trabajo ha sido una forma de demostrar las diferencias entre hombres y mujeres, por ejemplo al ligar los significados de paternidad y sustento, y después, más recientemente, al separarlos. Desde el siglo XVII, la masculinidad y la feminidad se han definido –aunque no necesariamente consumado- en función de su situación respectiva en una especie de economía moral; como hombres trabajadores que recibían un sueldo por la producción de valor en su trabajo, o como mujeres trabajadoras que no recibían ningún salario por la producción y mantenimiento de las familias. Por supuesto, estas definiciones están cambiando actualmente, en tanto en cuanto el significado de “familia” también se modifica, al tiempo que se producen otros cambios profundos y paralelos en el mercado laboral –la incorporación de la mujer es solo un ejemplo- o en las actitudes hacia la sexualidad.

Cuando el trabajo desaparece, los géneros producidos por el mercado laboral también se desdibujan. Cuando socialmente el trabajo necesario disminuye, lo que en su momento llamábamos trabajo femenino –educación, cuidados de salud, servicios- se convierte en nuestra industria básica y no en una dimensión “terciaria” de la economía. El trabajo de amar, de preocuparse por el otro y de aprender a ser solidarios –el trabajo benéfico socialmente- no es ya únicamente posible sino que se convierte en algo fundamentalmente necesario, y no solo en un entorno familiar, donde el afecto suele ocurrir de forma espontánea. No. Quiero decir ahí fuera, en el ancho, ancho mundo.

El trabajo también ha sido el modo en que Estados Unidos ha producido un “capitalismo racial”, tal y como los historiadores lo llaman ahora, por medio del trabajo esclavo, del trabajo de presidiarios, del trabajo de peones agrarios y de mercados laborales segregados; en otras palabras, un “sistema de libre empresa” construido sobre los escombros de cuerpos negros; un edificio económico animado, saturado y determinado por el racismo. Nunca hubo un mercado laboral libre en estos estados unidos. Como cualquier otro mercado, siempre estuvo rodeado de una discriminación legal y sistemática contra la gente de color. Podrías decir incluso que este mercado acotado produjo el estereotipo, todavía no erradicado hoy en día, de la vagancia afro-americana, al excluir a los trabajadores negros de los trabajos lucrativos, confinándolos en el gueto de las ocho horas al día.

Y sin embargo, sin embargo. Aunque el trabajo ha implicado con frecuencia sometimiento, obediencia y jerarquía (ver más arriba), también supone el ámbito donde nosotros, probablemente la mayoría de nosotros, hemos expresado de forma consistente nuestro anhelo más profundo; liberarnos de autoridades externas y obligaciones impuestas; ser autosuficientes. Nos hemos definido a nosotros mismos durante siglos por lo que hacemos, por lo que producimos.

Ya deberíamos saber que esta definición de nosotros mismos implica el principio de productividad; de cada uno de acuerdo a sus habilidades y para cada uno de acuerdo a su creación de valor real mediante el trabajo. Y nos compromete con la idea vacua de que sólo valemos lo que el mercado laboral puede identificar, como un precio. Además, ya deberíamos saber también que el principio de productividad nos dirige hacia el crecimiento sin fin y hacia su fiel compañera, la degradación medioambiental.

¿Cómo cambiaría la naturaleza humana si el privilegio aristocrático del ocio se convirtiera en un derecho de nacimiento para todos?

Hasta ahora, el principio de productividad ha funcionado como un principio de realidad, permitiendo que el Sueño Americano pareciese posible. “Trabaja duro, juega según las reglas, sal adelante”; o “Consigue lo que pagas, labra tu propio camino, recibe justamente lo que honestamente te has ganado” –el tipo de homilías y exhortaciones que se utilizan para que el mundo tenga sentido. En cualquier caso, no parecían ilusorias. Ahora sí.

La adherencia al principio de productividad, así, amenaza a la salud pública tanto como al propio planeta (ambas son la misma cosa en el fondo). Es fácil volverse loco cuando uno se compromete con algo imposible. El economista y ganador del Premio Nobel Angus Deaton dijo algo parecido cuando trataba de explicar las tasas anormales de mortalidad de los habitantes blancos del Bible Belt [zonas evangélicas de los Estados Unidos]; “han perdido la narrativa de sus vidas”, escribió, sugiriendo que habían perdido la fe en el Sueño Americano. La ética laboral constituye una sentencia de muerte para esta gente, porque no pueden vivir de ella.

Así pues, el fin inminente del trabajo plantea las cuestiones más fundamentales sobre lo que significa ser humano. En primer lugar, ¿qué objetivos podríamos plantearnos si el trabajo –la necesidad económica- no agotase la mayor parte de nuestro tiempo y de nuestra energía creativa? ¿Qué posibilidades evidentes y aún desconocidas aparecerían entonces? ¿Cómo cambiaría la propia naturaleza humana cuando el privilegio antiguo y aristocrático del ocio se convirtiese en el derecho de nacimiento de los seres humanos en tanto que tales?

Sigmund Freud insistió en que el amor y el trabajo eran los dos ingredientes esenciales de una vida humana saludable. Por supuesto, Freud tenía razón. Pero, ¿puede el amor sobrevivir al fin del trabajo, al fin del compañero complaciente de una vida plena? ¿Podemos permitir que la gente consiga algo por nada y podremos tratarlos, a pesar de ello, como hermanos y hermanas –como miembros de pleno derecho de nuestra bienamada comunidad? ¿Puedes imaginar el momento en el que conozcas a alguien interesante en una fiesta, o en un chat, a quien sea, y no le preguntes “a qué te dedicas”?

No tendremos ninguna respuesta hasta que reconozcamos que el trabajo lo significa todo para nosotros ahora. Y que de ahora en adelante, ya no.

 

Con mis agradecimientos por el apoyo en la traducción a @Elixabete, @Cal inhibes, @Raposu y @franzjekill,
en el WordReference Esp-Eng Vocabulary Forum

Imagen: ManiFotografía

©© Chema Nieto Castañón

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